Más allá del escenario folclórico, propio de casi todos los pueblos de Colombia, las galleras y los gallos recorren la literatura universal.

Gabriel García Márquez coetáneo de la eternidad, el crítico Jacques Joset se detiene en ese escenario vital del realismo mágico, primero en El coronel no tiene quien le escriba: “el gallo de pelea del coronel es el verdadero protagonista de la novela”. Cita al ensayista Ernesto Volkening para describir la trascendencia del animal en la obra de Gabo: “en realidad es una quimera, un monstruo insaciable, la emplumada encarnación del anhelo que, compitiendo con el gusano en las entrañas del coronel, le devora el alma”.

El coronel, su esposa y luego el pueblo entero viven en torno a un “fantasmagórico” gallo de pelea con la paradoja de que no pueden comérselo “porque no se mata al animal sagrado”. Es indirectamente culpable de la muerte de Agustín, hijo del coronel, y sin embargo es su recuerdo y la razón de vivir del militar retirado que espera infructuosamente su pensión después de la guerra civil. El mejor gallo de pelea del departamento es la única ilusión y la tensión del libro se sostiene con la preparación de las peleas de mediados de enero. La enferma esposa del coronel se queja de que el gallo se alimenta mejor que ellos y quiere venderlo. Don Sabas lo valora en 900 pesos, pero el coronel prefiere que su familia coma mierda antes que vender el gallo.

Tan importante era la obra para García Márquez que declaró El coronel como su mejor novela y lloró cuando el director mexicano Arturo Ripstein le mostró la versión cinematográfica. Lo conmovió la puesta en escena de la gallera y le dijo que no lo había traicionado.

En Colombia hubo una campaña para instalar una placa con un gallo como símbolo en la puerta del Hotel de Flandres, en el 16 de la rue Cujas, llamado ahora Hotel de trois colleges, porque en ese edificio del barrio latino de París Gabo escribió El coronel. “El gallo es un ave solar, símbolo del fuego hecho plumas, muy cargado de mitología y esperanzas del amanecer”, dijo el filósofo colombiano Numas Armando Gil Olivera, gestor de la iniciativa.

Cómo olvidar al mítico gallo de pelea de Cien años de soledad por el que mata el primer Buendía a su oponente en la gallera. Aquel “domingo trágico en que José Arcadio Buendía le ganó una pelea de gallos a Prudencio Aguilar”.

Furioso, exaltado por la sangre de su animal, el perdedor se apartó de José Arcadio Buendía para que toda la gallera pudiera oír lo que iba a decirle.

—Te felicito —gritó—. A ver si por fin ese gallo le hace el favor a tu mujer.

José Arcadio Buendía, sereno, recogió su gallo. “Vuelvo enseguida”, dijo a todos.

Y luego, a Prudencio Aguilar: —Y tú, anda a tu casa y ármate, porque te voy a matar.

Diez minutos después volvió con la lanza cebada de su abuelo. En la puerta de la gallera, donde se había concentrado medio pueblo, Prudencio Aguilar lo esperaba. No tuvo tiempo de defenderse.

El fantasma de Prudencio persigue a los Buendía hasta en el sueño y obliga a huir del pueblo a los fundadores de Macondo. Entonces se prohíbe la cría de gallos de pelea y así, según Joset, se configura el “mundo sagrado” de la gallera hasta que la prohibición es revertida por el segundo José Arcadio y la desgracia se convierte en el sino de la familia.

A comienzos de los años 60, de eso hablaron muchas veces García Márquez y su amigo el escritor mexicano Juan Rulfo. El futuro nobel escribía el guión de El gallo de oro, basado en un relato del autor de Pedro Páramo en el que para el pobre Dionisio el único bien y esperanza es un gallo de pelea, como en El coronel, escrito a mediados de los 50.

Para ellos la gallera simbolizaba un lugar ideal de confluencia literaria de todas las clases sociales, de todas las violencias. La circularidad de la gallera era la metáfora del ciclo de la vida y muerte. El mexicano Carlos Fuentes recordaba: “Escribimos juntos el libreto de El gallo de oro, que dirigiría Roberto Gavaldón, realizador tan en demanda que durante el día escribía un guión para Libertad Lamarque y de noche, con nosotros, El gallo de oro, de suerte que, confundidos, a veces poníamos al gallo a cantar tangos y a doña Liber a cacarear”.

Vargas Llosa, otro de los compinches de la época, oía gallos invisibles que incluyó en La historia de Mayta y tocó el tema en Historia de un deicidio, su obra sobre Cien años de soledad. Le encantaba la expresión de Gabo “mamando gallo” y no olvidaba que una vez le preguntaron en la televisión sobre si Rómulo Gallegos era un gran novelista y el colombiano respondió: “En Canaima hay una descripción de un gallo que está muy bien…”.

Y todos los del grupo del boom admiraban a Ernest Hemingway, que en Finca Vigía, en las afueras de La Habana, tenía su propia gallera y “al mejor cuidador de gallos del mundo”. Y tenían el recorte de una cita de Borges sobre las riñas de gallos aparecida en la revista Vigencia Nº 1, de mayo de 1977, página 22: “Estará donde esté el despedazado suburbio, los calientes reñideros donde giran los crueles remolinos de acero y aletazo, grito y sangre”.

El escenario es condenado desde siempre por novelistas con espuelas como Fernando Vallejo, que considera un crimen “encerrar los gallos de por vida en jaulas, torturarlos en las galleras”. Terminó viviendo en México como Gabo, el país de las galleras. Pero Vallejo prefiere el canto pacífico de los gallos de las azoteas compitiéndole al tañido alienante de las campanas católicas.

Su hermano Aníbal Vallejo acaba de publicar en Medellín el libro De capa caída (Vallejo Editores), en el que ratifica la postura familiar: “Las corridas de toros, el rejoneo, el coleo, la riña de gallos, el tiro al pichón y los rodeos hacen perder la sensibilidad del ser humano frente al dolor y al sufrimiento animal. Con estas prácticas desaparece el respeto hacia otras formas de vida, se incita a la violencia y a la utilización de la fuerza bruta como medio de dominación; antivalores estos de la verdadera civilización. Se pierde la identidad cultural de los pueblos al adoptar rezagos de vidas primitivas que no les pertenecen, se estimulan actividades sádicas mediante el sometimiento de animales domésticos a torturas inhumanas para que éstos asuman actitudes salvajes en el momento señalado”.

A pesar de eso y de lo que dice el Estatuto de Protección Animal, Gabo habría estado dichoso en la gallera de Macondo construida en su memoria. Gracias a la Feria del Libro 2015 y a la obra de García Márquez, el lugar trascendió del imaginario de la cultura popular, del sitio de perdición de los pueblos, a centro de tertulias sobre el legado del nobel de Literatura. Escritores leyeron en voz alta Cien años de soledad, chefs prepararon “hielo dorado de hojas de coca” y “adobo para la levitación macondiana con chips de malanga y cebollas encurtidas”.

Por dos semanas, en Corferias la gallera recobró su dignidad cultural mientras en el resto de Bogotá sigue siendo asociada a borracheras y juegos de azar. Seguirán funcionando las Jalisco, Huesos de marrano, Espuela de oro; la San Miguel, más de una vez utilizada como arena política.

En pueblos como Aracataca, Magdalena, la gallera Playa Alta seguirá siendo escenario de histeria, de apuestas por el cenizo y el colorado; seguirán criando gallos, limándoles los picos, quitándoles el plumaje, la cresta y las barbas y poniéndoles espuelas. Y seguirán existiendo galleras de galleras, como la de Santa María la Antigua del Darién, Chocó -la primera ciudad española en América-, donde el narcoparamilitar Daniel Rendón Herrera mandó construir el redondel con adornos de hierro forjado para goce de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia, en medio de la discoteca La Jungla. La de Gabo en la Feria del Libro permanecerá en la memoria.

 

 

Por: Nelson Fredy Padilla

EL ESPECTADOR

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1 Comment

  1. jose garcia says:

    buenas tardes alguien podria decirme cuales son los emblemas de una gallera?

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